El teniente
Cornwallis miró por el catalejo. Los milicianos habían salido despavoridos ante
su infantería de casacas rojas., tras un cruce de dos disparos en cada bando. A
Corwallis no le gustaban las milicias. Para él eran tropas formadas por campesinos, sin ninguna
formación militar, que no servían más que para entorpecer a sus compatriotas y
quitarle el éxito a la victoria. Estaba orgulloso, pero a la vez molesto, pues
había sucedido algo que él no había ni previsto ni mandado. El Coronel
Tavington, quién dirigía el cuerpo de los dragones verdes, cuerpo de caballería
rápida del ejército inglés, cargó de improvisto y sin previo aviso sobre la
milicia americana con furia y rabia, dispuestos a masacrar hasta el último
miliciano durante su retirada.
-Enhorabuena, Milord.- Le dijo su suboficial.
-La infantería de
reserva al centro.- Contestó serio y pensativo Cornwallis. Su intención era
mandar el resto de los casacas rojas tras los estadounidenses, para destruirlos
de un vez por todas. Esta era una de las batallas que iban a decidir el curso
de la Revolución Americana, y no estaba dispuesto a perder la batalla.
-Pero Milord, si
ya ha conquistado el terreno.
- Y ahora
conquistaremos su ánimo. Mande a todo el batallón tras esa colina y
aplástenles.- Contestó el Teniente aún más enfadado.- Hoy se acabará.
Los casacas rojas
estaba pisándole los talones a la milicia de Benjamin Martin, nuestro
protagonista. Un miliciano de origen burgués-bajo que era un patriota, pero
tenía un buen sentido común, junto con una capacidad estratégica inmensa. Había
reunido en los últimos dos años a unos 80 hombres que se dedicaban a atacar a
los casacas rojas con la técnica de guerra de guerrillas: atacando y escondiéndose.
Sus victorias eran conocidas en todo el Ejército Continental (Estadounidense),
pero no todo habían sido victorias; el Coronel Tavington, líder de la
caballería inglesa había matado a dos de sus siete hijos, y no estaba dispuesto
a dejarle vivir.
Los estadounidenses subieron la colina, donde se encontraba una vieja iglesia ya en ruinas, la bordearon y bajaron la colina por el otro lado lo más rápido que pudieron. Los ingleses, oliéndose ya la victoria, los perseguían a una distancia de 100 metros, pero cuando comenzaron a bajar la colina, entendieron que habían caído en una trampa. Benjamin y sus hombres llegaron hasta una línea formada por 3 batallones de 300 soldados estadounidenses, y se tiraron al suelo, permitiendo a los soldados disparar únicamente a soldados británicos. Detrás de estos había otros tantos soldados y por detrás se podían ver varios cañones, tanto de largo como de corto alcance.
-¡APUNTEN!- Gritó el Coronel Harry Burwell, amigo de Benjamin y jefe de todas las tropas americanas
presentes. Cuando vio que todos los milicianos estaban en el suelo, a buen
resguardo de las balas de sus compatriotas gritó.-¡FUEGO!
Un sonido como un trueno se produjo al instante, todos los soldados de la vanguardia dispararon con el mosquete, a la vez que comenzaron a hacer lo mismo los cañones. Las tropas inglesas, que no se esperaban ese ataque comenzaron a caer como kosakos, heridos, muertos, mutilados….. Aceleraron el paso para acercarse a las líneas rebeldes.Pero mientras los regulares cargaban, los milicianos levantaron los fusiles e dispararon una hondonada, y sin recargar, le gritó Benjamin a sus hombres:-¡CARGUEN!
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